Mil hijos


José era mi abuelo José pero era además un hombre, italiano, inmigrante, analfabeto y bastante indiferente. El nació Giuseppe allá en la Calabria de principio del siglo veinte, en un pueblo rodeado de naranjos y tierra seca.
La primera gran guerra la pasó cuidando cabras en la soledad del campo porque era demasiado joven para combatir, pero como al resto de los que sobrevivieron no pudo evitar las secuelas de hambre. Siguiendo a otros paisanos que juraban que acá en las pampas había trabajo, espacio y paz para todos, llenó su valija y dejó el pueblo, pero para ese entonces ya tenía esposa y un hijo a los que seguramente, les prometió “manda a llamar” una vez instalado o como sea que eso se diga en calabrés.

De mi abuelo solo recuerdo algunas historias y todas son prestadas. No tengo ni un solo registro de haber hablado nunca con él, aunque seguro algo nos habremos dicho. Todo lo que tengo son pases de factura de mi madre, anécdotas de padre tosco y sobreprotector de mi tía y la escena repetida hasta al infinito del ofrecimiento de ricota a mi hermana que siempre consideré como una muestra de afecto, o por lo menos, el mínimo registro de su existencia para el viejo. Era así: él decía:
- Lila, ¿Querés ricota?
- No abuelo, no me gusta –respondía ella
- Mm –decía él, con una m a boca cerrada y una leve sacudida de cabeza.
Y eso era todo hasta la próxima vez, en que olvidado absolutamente este diálogo, lo volvía a empezar.

Según mi madre, cuando Giuseppe empezó a ser José, era un joven que no sabía ni media palabra de castellano y que vivía con otros como él en habitaciones alquiladas. Un día se juntó con una mujer que ya tenía una hija bebé y con la que pronto tendría otra propia. Era sin duda un hombre tranquilo, respetuoso y confiable, no había ido a la escuela pero lo del trabajo y el dinero los tenía bajo control. No conocía ni una letra del alfabeto, pero los números y las cuentas las manejaba mejor que nadie. Ese silencio que traía de su pueblo de naranjos, lo acompaño siempre. No elevaba la voz, no recuerdo haberlo visto enojado o discutiendo, la mujer con la que había formado nueva familia no hablaba italiano y él tampoco era bueno para aprender, el trabajo de sereno en el mercado donde pasaba sus noches solo y que le imponía horarios encontrados con los de sus paisanos, no lo ayudaron en la inmersión. El abuelo era un hombre solo al que le gustaba el silencio, pero no la soledad.

Había alcanzado en ese entonces un equilibrio en el que no encajaban ni su primera esposa ni su primer hijo, pero esa estabilidad tampoco iba a durar.

Su segunda mujer murió en el parto de su tercer hijo, que también fue anunciado como muerto. Mi madre supone que ese hijo sobrevivió pero que alguien debe haber pensado que “ese italiano bruto con otras dos hijas menores no iba a poder hacerse cargo” y le inventaron otro final. Eso era lo que mi madre pensaba de su padre. Siempre lo culpó de todos sus males y no perdía ocasión de mencionar lo bruto que era. Quién sabe, tal vez tuviera razón. O tal vez no. La verdad es que mi abuelo era bastante estoico sin filosofar demasiado sobre el origen de esa actitud.

José se quedó de nuevo solo, a las dos niñas se las llevó a vivir con ella la madrina de la menor, pero  no tardó ni seis meses en encontrar nueva compañera: mi abuela Aurora.

Con ella aprendió todo el castellano del que fue capaz, con ella construyó su casa, tuvo dos hijas más y transitaron juntos la segunda guerra lejos de sus orígenes. No coincidían n a veces, porque la gallega era de carácter contestatario, pero siempre llegaban a un acuerdo. El trabajo que más le costó fue convencerlo de que viajara de vuelta a su pueblo para visitar a su hijo. No es que él lo hubiera olvidado, simplemente no tenía el coraje para volver a relacionarse con ese bebé que ahora sería un joven de bigotes. Pero finalmente, lo hizo.

El día que José volvió a ser Giuseppe, encontró a su pueblo y los naranjos inmunes a las guerras. Seguro atravesó las calles eternas, esperando que el reencuentro no le hiciera mucho daño. Golpeó la puerta de su casa porque aunque tenía las llaves, no le pareció adecuado entrar sin anunciarse.

El salón estaba lleno de gente, hombres, mujeres, niños y solo una mujer de su edad. Entre toda esa muchedumbre se dibujó un joven que por un momento pensó que era él mismo antes de partir. El resto, los veintitantos que rodeaban a su mujer y a su hijo, no tenía la menor idea de quienes eran. Al verlo en la puerta, hasta los niños contuvieron el aliento. Uno de ellos, no importa cual, se acercó y se presentó. Giuseppe escuchó un nombre, cualquier nombre, y luego su mismo apellido. Ese hombre le explicó que ahí estaban también sus hermanos, ocho nombres diferentes, sus mujeres, otros ocho nombres olvidables, y sus hijos, que no era necesario identificar. Le contó que su madre, su mujer, les había puesto su apellido porque él era su marido y no quería que ninguno de sus hijos fuera ilegítimo. Ese hombre, con la voz oscura, le decía que sabía que eso no había estado bien pero que por favor, por favor, no les quitara su apellido.

Giuseppe pensó en sus hijos, allá del otro lado del océano, ilegítimos en tiempos en que eso importaba y recordó, vaya a saber porqué, su primera noche con María después del casamiento. Le había dicho aquella vez: "Vamos a llenar este pueblo. Te voy a hacer mil hijos"

Ante la mirada expectante de todos, Giuseppe por fin dijo "mm" con la boca cerrada y una leve sacudida de cabeza como asintiendo. Y mirando a María agregó: "come ti ho promesso"

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