Aurora


¿Por qué una joven de 17 años deja su casa, su pueblo, su país, para ir a trabajar de sirvienta a doce mil kilómetros poniendo un océano de distancia en el medio? No lo supimos y ya no lo sabremos nunca. Esta es la historia de mi abuela Aurora y es ese misterio original el que convierte este relato en una narración de sus silencios.

Sabemos que era gallega, nacida en un pequeño pueblo cerca de Lugo y que con hermanos y sus padres todavía vivos un día se subió a un barco y se fue. De ese lugar solo volvió a saber por cartas que llegaban de vez en vez, con noticias sustanciales alegres o tristes, nunca con banalidades. Como sus tres años de escuela no fueron suficientes y eso de las letras se le hacía tarea difícil, eran sus hijas las que le leían esas palabras escritas por manos torpes y en sus tonos monocordes les oía decir que era tía, que se casaba la pequeña o que madre había muerto. En esos casos de despedidas diferidas, el aire se congelaba y tras un silencio oscuro, ella les arrebataba el papel y desaparecía algunas horas en su cuarto. El amor seguramente estaba ahí, ahora inundado de pena, pero no era algo para andar mostrando en público.

Enfundada en sus 17 años y su osadía, en cuanto llegó a Buenos  Aires entró a trabajar en la limpieza de una enorme casa de dos pisos. Su vida era ahí, entre salones, cocinas y cuartos de servicio. Hasta que un día, un año después, los patrones le presentaron a un italiano con trabajo estable como sereno en el mercado de los que eran dueños, que sabía casi nada de español y con tres hijos criándose en casas ajenas. Mi abuelo José. ¿De qué hablaban? ¿Qué habían visto el uno en el otro? ¿Cuál era la opción peor a esa sencillez que los unió? ¿Tendrían otros sueños? ¿Mejores?

“Vivamos juntos”, dicen que le dijo. Y él aceptó. No necesitó más lenguaje para pasar de sirvienta cama adentro a concubina -nunca podrían casarse porqué él estaba casado en Italia-, madre de hijas propias y ajenas y con trabajo en casa de costurera. Y puesto así, al enumerar los detalles, parece obvio porqué la abuela Aurora se quedó con ese hombre que la vida le puso delante con quien vivió hasta su muerte. ¿El amor de su vida?  No lo sé. Tal vez una Aurora de 16 o 17 años había encontrado ese tipo de amor en su pueblo, tal vez un amor prohibido, tal vez un amor que la había abandonado y ella, hecha de roca y viento, encerró su corazón para siempre en algún lugar de ese pueblo a los que no volvería jamás.

Y en este lado del océano creció y se endureció la Aurora “indiana”, que junto a su compañero compraron un terreno en las afueras, con dos habitaciones, una cocina y un baño arrinconados en el fondo. Y empezaron a edificar la que sería la casa familiar en la parte de adelante pero primero rellenaron el espacio intermedio de piezas para alquilar  a otros migrantes, con un baño, una cocina y un par de piletones como lavandería comunitarios. Y se llenó de gente con sueños que entraban y salían, con escándalos y fiestas, con idiomas y acentos que se encontraba en algún lugar, algunas veces. Una gran ajenidad organizada.

Ella lo empujo a que recuperara esas dos hijas asiladas en otras casas y tuvieron luego otra hija, mi madre. Los cuatro estaban bien, con una conducción férrea, creciendo en una cultura de trabajo y sin privaciones. Hasta que un día, Aurora se enfermó. Sufría del corazón: ah sí doctor Freud, así se decía antes cuando el corazón agotado ponía condiciones a la vida común. Tenía 36 años y la solución a la que la empujaron fue tener otro hijo. Y así llegó mi tía, para ser remedio de un corazón cansado. ¿Ella pensó que iba a funcionar? ¿Ella creyó que la maternidad sana? ¿O confió en que la alegría arreglara unos pulmones sin aire, un corazón desterrado?

La abuela Aurora fue, durante 25 años la abuela enferma. Por su corazón herido, todos los disgustos debían evitársele, todas las malas noticias ocultársele y todos los fines de año pasarlos a su lado porque tal vez, ese sería el último. El corazón de Aurora era el eje de ese universo de pocas palabras y pesados silencios.

Un febrero, sentada sola en su silla de paja en la vereda de la casa familiar, su corazón dijo basta y se paró sin preámbulos.
Y entonces Aurora partió una vez más, abrigada por el mismo misterio con que había constuido toda su vida.

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